La mesada de la República
Washington audita el petróleo venezolano barril por barril y entrega la ayuda del terremoto en cajas de billetes. En el país tutelado, todo lo cuenta otro. Los muertos no.
Hay cajas de dinero en efectivo entre los fondos de ayuda que Estados Unidos ha entregado a Venezuela tras los terremotos. El New York Times lo cuenta casi de pasada, al final de una frase: novecientos militares, casi cuatrocientos millones en asistencia y, cerrando la lista, cajas de billetes entregadas a la dictadura interina. Una caja de efectivo es un objeto que tiene el peso de otro siglo. Exige escolta que la lleven por las asas y, lo mejor o peor, no deja rastro: deja, si acaso, un recibo.
Las cajas de caudales que la Corona enviaba a sus provincias para pagar guarniciones y sueldos se llamaban el situado. La palabra sobrevivió al imperio que la acuñó. La Constitución venezolana todavía usa situado para referirse al dinero que el gobierno central reparte entre los estados. El vocabulario administrativo de la colonia volvió antes que la colonia misma: en Washington, según el Times, los funcionarios llaman a Rubio «el virrey». Sin ironía. Entre colegas.
El vocabulario administrativo de la colonia volvió antes que la colonia misma.
El virrey dormía en Bahréin cuando una llamada desde el Situation Room lo despertó con las primeras imágenes de La Guaira. Llamó a la presidenta interina, prometió toda la ayuda y los equipos de rescate estadounidenses llegaron dos días después. Nada de esto es menor ni falso. Aunque también llamó al desastre «un contratiempo», al menos para la transición democrática.
Todo exiliado conoce una aritmética que no aparece en los comunicados: la diferencia entre lo que se envía y lo que realmente llega. Se aprende al mandar dinero a casa porque la pérdida tiene nombres (la tasa, el cambista, si es por Zelle o con bitcoins), pero nunca es cero. Cada mes, en voz baja, se repite la pregunta: ¿cuánto llegó? Ahora, la periodista Mariana Atencio se hace esa pregunta en voz alta. Desde un carro en movimiento, entre imágenes de archivo de 2010, recuerda la lección que le dejó Haití: la verdadera medida de una respuesta humanitaria no está en lo que se anuncia, sino en lo que llega a la gente. En su video aparece un cartel de cartón entre escombros: “Where’s the aid?” Dieciséis años después, la pregunta sigue sin respuesta.
El petróleo es, justamente, lo mejor contado de Venezuela; siempre ha sido así porque hay muchos ojos puestos en él. Desde enero, según el Times, unos ocho mil millones de dólares de esa renta han pasado a manos de Estados Unidos. Una cifra del tamaño del daño que el PNUD le atribuye al terremoto
Ya existe un precedente y se llama Haití. En 2010, Estados Unidos respondió al terremoto de Puerto Príncipe con lo que entonces era su norma: más de mil cien millones de dólares de su propio dinero para atender la crisis inmediata, además de un buque hospital, brigadas de rescate, millones de kilos de comida y siete mil soldados en tierra. También tomó una medida que casi no costaba nada: la moratoria de deportaciones y el TPS. Los haitianos dejaron de ser devueltos a las ruinas. En la lista de donantes de ese año estaba Venezuela, que envió comida, medicinas y petróleo de emergencia.
Cuántos venezolanos deportados llegaron a su casa no se sabe, más de cien siguen desaparecidos bajo los escombros de un hotel, llamado con fría ironía El Santuario.
Desde entonces, la situación se invirtió. Los vuelos de deportación a Venezuela salían tres veces por semana: lunes, miércoles y viernes. El vuelo del 24 de junio aterrizó en Maiquetía horas antes del temblor, con ciento cuarenta y seis venezolanos a bordo: ciento veinte hombres, diecinueve mujeres y siete niños. La cuenta era exacta al despegar. Cuántos migrantes deportados llegaron a su casa no se sabe, más de cien siguen desaparecidos bajo los escombros de un hotel, llamado con fría ironía El Santuario.
Los vuelos se detuvieron durante ocho días; nadie anunció la pausa, fue la pista la que la impuso. Los aviones Boeing 320A de GlobalX, fletados por ICE para deportar venezolanos, volvieron el 2 de julio, cuando Barcelona abrió como aeropuerto alterno en el oriente. Ahora vuelan todos los días. Iberia retomó sus vuelos comerciales a las dos semanas, con la mitad de sus frecuencias. Las deportaciones solo esperaron ocho días y se duplicaron.
Los venezolanos agradecemos la ayuda. Nuestra gratitud y la exigencia de rendición de cuentas pueden ir juntas. Esto también se aplica cuando la cámara muestra a uniformes paseando entre instalaciones petroleras y hablando del petróleo venezolano.
Algún día no es una fecha, es negarse a contar el tiempo.
Esa renta ya no llega a Caracas, sino al Tesoro de Estados Unidos. Washington la libera a cuentagotas a través de la banca privada, con condiciones sobre quién puede gastarla y en qué. El Times lo compara con padres que reparten mesada a sus hijos. KPMG lleva la cuenta petrolera y Rubio presume de que, por primera vez, ese dinero no se lo roban. Sin embargo, no se revela cuánto es exactamente ni en qué se usa. Incluso las palabras pasan por caja: la presidenta escribió un agradecimiento público a Trump y lo publicó solo cuando el virrey aprobó el borrador. Se escriben mensajes en español y se intercambian selfies por WhatsApp. Cuando le preguntaron por la fecha de las elecciones, respondió: «No sé. Algún día». Algún día no es una fecha, es negarse a contar el tiempo. Todo venezolano conoce ese calendario: es el cartel del fiado en la bodega. «Hoy no se fía, mañana sí».
La renta de los venezolanos se vigila barril por barril y, cuando sale, tiene auditor. El dólar que entra viaja en una caja de caudales. A un gobierno al que no le confían su propia renta, le entregan la caridad en la forma menos controlable que existe. Nadie está diciendo (todavía) que la ayuda se está perdiendo, sino que nadie la cuenta como se hace con el petróleo.
En este país, todo lo cuenta otra persona. Una auditora cuenta los barriles, el Tesoro cuenta los dólares y un secretario de Estado, que nunca ha estado en el territorio que administra, lleva una cuenta mental de cuándo los venezolanos podrán ir a votar. A nosotros nos queda la única cuenta que nadie discute porque nunca es definitiva: los muertos. Más de cuatro mil (la cifra cambia mientras escribo).
La ONU estima cincuenta mil desaparecidos. El modelo del Servicio Geológico de Estados Unidos le da 44% a que los muertos queden entre diez mil y cien mil — y 30% a que pasen de cien mil. Todavía contamos nuestros muertos: despacio, a mano. Es casi imposible contar su vida uno por uno: quién era, dónde estaba, qué hacía a las seis de la tarde del 24 de junio.
El sábado 11 de julio, en Caraballeda, seguía en pie una de las últimas operaciones de rescate: con martillos y picos, excavan hacia Fabio Bastardo, nueve años, más de dieciséis días en el fondo del edificio donde vivía. El día quince, el sonar no encontró señales de vida. Anoche, un rescatista escuchó golpes y el padre de Fabio también los oyó.
La gratitud con una mano; la cuenta con la otra. Primero el duelo, después levantar la casa. Ese borrador no lo aprueba nadie.






