De aquellos lodos...Venezuela
Un país entrenado en la catástrofe. Y un Estado que ha perfeccionado, sobre todas las cosas, su propia ausencia.
En 1999 vi a un hombre sepultado del pecho para abajo. Mientras los socorristas intentaban sacarlo del lodo, él se negaba a ser rescatado. Aún sostenía a sus dos hijos de las manos. El barro que bajó del Ávila aquel diciembre se había endurecido con ellos adentro. Nadie pudo ayudarlos. La costa que aquel barro enterró —La Guaira, Caraballeda, los pueblos del estado Vargas— es la misma que el terremoto sacudió la semana pasada.
A muchos, Google les envió una alerta al celular segundos antes de que el mundo se les viniera abajo. Con horas de retraso, como los exiliados sabemos las cosas, yo también supe por celular que el mundo se nos había venido abajo en casa. Venezuela es un dolor, al menos la familia estaba a salvo. El alivio me llegó sucio. A mil desconocidos no los llamó nadie. Busqué a Marco Aurelio y, para intentar detener mi parálisis, me recordó que, al igual que todos los que ahora viven, dentro de poco tiempo no seré nadie en ninguna parte. Leer de nuevo me lleva a tener orden y oficio. No es un consuelo. Desde un escritorio en Maryland, meditar es también un lujo y lo sé.
El barro de 1999 también fue un comienzo. Ese mismo diciembre, la lluvia azotaba el país como no lo había hecho en medio siglo, a la vez que un referendo para aprobar la Constitución volvía ley la nueva filosofía de Hugo Chávez, resumida en tres palabras: “caudillo, ejército y pueblo”.
Un ejército políticamente militante entró en Vargas —a poner orden, se dijo— y el país descubrió en tiempo real el modelo operativo que impondría la revolución. Aconsejado por Fidel Castro, Chávez ignoró el pedido de sus propios asesores y rechazó la ayuda que llegaba, la extranjera, la norteamericana sobre todo. Los venezolanos pagaron ese orgullo, esa desconfianza del caudillo, con cadáveres. A algunos de los niños que sobrevivieron los dieron en adopción. A otros los vendieron o nunca más se supo de ellos. El dinero para la reconstrucción llegó y se esfumó. La deuda, no. Ni la región ni el país volvieron a ser los mismos. Lo que se acumuló año tras año, junto a $240 mil millones de dólares en deuda, fue la lección que el país aprendió sin que nadie la dijera: que nadie vendrá, que la ayuda es mentira. Solo la desconfianza llega intacta.
El gobierno no escarmentó de la catástrofe. Aprendió lo contrario. En 1999 usó el barro para ocultar a los muertos, aunque todos sabíamos que estaban ahí. En 2026, el Estado se hizo invisible a sí mismo, pero su podredumbre la sentimos todos. Cuando los vecinos rompían el concreto con las manos, el ejército se encerró en sus cuarteles. La invisibilidad y la descomposición no se fueron, solo cambiaron de dueño.
La presencia no es un sentimiento: es un horario. Y el horario pone al ejército en la pista de Maiquetía, donde hay más oficiales saludando a aviones extranjeros que velando a los muertos en la costa.
Los rescatistas con perros y herramientas llegaron en avión desde diecisiete países. El ejército prometió en 1999 ser el brazo más generoso de la revolución. Así trajo hambre y repartió pollo a quienes aceptaron vestirse de rojo. Desarrolló experticia en la represión interna, la batalla contra las ideas.
En 2026, la revolución no es capaz de nada sin los amigos del imperio y agradece a Trump, Bukele, Abinader, Noboa, hasta a una misión de Israel, los mismos barcos y aviones que devolvió en 1999. No es arrepentimiento. Es el mismo instinto con un disfraz nuevo: el orgullo de entonces es la gratitud de ahora. La aritmética de abajo no se ha movido nunca. El ejército se queda adentro en ambos casos. La gente escarba en ambos casos. Y la ayuda que el mundo está cargando pasará por las mismas manos que vaciaron el país, y una parte no llegará.
De aquellos lodos vinieron estos polvos. El capítulo que se abrió en aquel barro, con una Constitución y soldados en Vargas, termina en escombros, con un tirano en una celda y una cuenta de muertos que nadie ha concluido. El barro que nunca se movió se endureció hasta volverse Estado.
Contarán a los muertos. Después, los vivos llorarán. Si no se dejan contar y llorar como víctimas y nada más. Esta vez no esperarán al Estado.



