Feudalismo Kalashnikov
Washington intenta gobernar Venezuela por control remoto. Eso es un espejismo. La soberanía no se apaga y prende con un interruptor y Venezuela no es un país, es un campo minado.
Autor, periodista y politólogo, trabaja en el Aspen Institute. Vive en Washington, D.C. Funciona bien y sin presión cuando monotasking. Sus opiniones son propias.
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Si uno despliega un mapa oficial de Venezuela sobre una mesa pulida en Washington, el país parece una promesa de orden: fronteras nítidas, estados con colores administrativos, zonas petroleras y mineras destacan por su abundancia, carreteras que cosen el territorio como si todo obedeciera a una geometría racional. Es una imagen reconfortante: legible, domesticada, hecha para manos que firman memorandos. Lo que no está demarcado son los grupos paramilitares controlando el interior del país y los colectivos que patrullan las ciudades. Las alcabalas de policías nacionales y colectivos que al día de hoy siguen deteniendo, extorsionando y aterrorizando a la población civil.
El mapa oficial no muestra el territorio, es un artificio. Una mentira.
A ras de suelo, Venezuela se ha ido pareciendo a otra cosa: un archipiélago de feudos armados. El Estado existe en el papel y en la televisión —en los sellos, en los discursos, en el decorado—, pero en el terreno la soberanía se escucha antes de leerse. Cruje en la grava bajo las botas. Se anuncia en el chasquido metálico de un cargador. Se negocia alcabala por alcabala, como si la república fuera una sucesión de aduanas interiores.
En las zonas mineras el polvo se mezcla con el mercurio tóxico y el aire arrastra el residuo agrio del sudor y el gasóleo. Allí, un decreto presidencial puede valer menos que el gramo de oro que un adolescente arranca del barro bajo la mirada de un guerrillero del ELN. La ley, en ese paisaje, no es lo que está escrito: es lo que está permitido.
Por eso el momento actual es tan peligroso como absurdo. Washington actúa con cautela al mantener casi intactas las piezas del viejo régimen, como si temiera que la mesa se desplome si se mueve un vaso. Todo para ahorrarse la pesadilla de mandar marines a patrullar Caracas sin una fecha de regreso. Pero al mismo tiempo roza el delirio: intenta algo cercano a una anomalía histórica, administrar un país caótico desde la distancia, como si gobernar fuese un software y Venezuela, una pantalla.
El problema del virrey a distancia
Tras proclamar que el régimen de Maduro había sido “decapitado” en una operación dramática que lo trasladó a una cárcel estadounidense, Donald Trump empezó a hablar como si la soberanía fuera un interruptor que pudiera accionar desde Florida. “Estamos a cargo” (We’re in charge), dijo, y presentó una supuesta capitulación de la líder interina, Delcy Rodríguez, como una súplica: “Dijo: ‘Haremos lo que necesiten’”.
El mensaje puede satisfacer la fantasía de hombre fuerte al mando, de ganador infalible que se vende para consumo doméstico. En Venezuela, en cambio, suena a eco: a voz que rebota en un cuarto vacío.
Gobernar Venezuela fue arduo para el imperio español y lo ha sido para los líderes de la república. “Venezuela es como un cuero seco”, reza el dicho del siglo XIX atribuido al presidente Antonio Guzmán Blanco: “si lo pisas por un lado, se levanta por el otro”. Ha sido difícil para dictadores militares, para presidentes democráticos y para los revolucionarios corruptos e ineptos que exprimieron al país durante el último cuarto de siglo. Tuvieron dinero, tecnología, armamento y cuerpos de seguridad entrenados primero por estadounidenses y luego por cubanos; algunos incluso gozaron de popularidad, legitimidad y períodos de paz relativa. Comprenderán, entonces, mi escepticismo —y mi temor— ante la idea de que este experimento prospere.
Estados Unidos no tiene embajada operativa en Caracas desde 2019. Tiene una armada flotando en el Caribe, pero no tropas sobre el terreno ni una manera rutinaria de imponer cumplimiento en un territorio fragmentado. El reclamo de Trump de estar dirigiendo el país descansa en una suposición desnuda: que el gobierno obedecerá por miedo. La amenaza de un asalto militar “más grande” o la incautación de petroleros puede intimidar, pero el miedo no construye administración, ni carreteras seguras, ni cadenas de mando. No produce gobernanza: produce silencios.
Llámenlo tutelaje neocolonial por rueda de prensa: un virreinato intentado a distancia, a punta de mensajes y castigos, está condenado a quedarse corto.
La hidra, no la pirámide
Aquí está la paradoja que tantos analistas pasan por alto: cortar la cabeza no disuelve el cuerpo cuando el cuerpo ya hizo metástasis.
Maduro en una cárcel estadounidense puede satisfacer la lógica de la redada. Es un teatro profundamente gratificante. Pero no restaura la lógica del Estado. Venezuela no es un ejército monolítico que firmará la rendición una vez que se lleven al líder. Es una hidra molecular: facciones militares, camarillas de inteligencia, bandas criminales, guerrillas y redes de clientelismo paramilitar. Cada nodo con su caja registradora, su territorio, su hambre.
En ese ecosistema, los líderes “civiles” que hoy ocupan Miraflores —Delcy y Jorge Rodríguez— no mandan las armas: negocian con ellas. Deben pactar la gobernabilidad con los verdaderos propietarios del poder coercitivo: el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, y el ministro del Interior, Diosdado Cabello. Ellos controlan las Fuerzas Armadas, la policía, los servicios de inteligencia y el músculo “irregular” —incluidos los colectivos y la guerrilla del ELN— cuyas lealtades son transaccionales y cuyos negocios dependen del desorden.
Una estrategia remota que trate a Venezuela como un Estado convencional corre el riesgo de confundir el poder formal con el poder real. Controlar el palacio no es lo mismo que controlar los puertos, los oleoductos o los barrios donde la soberanía termina en una barricada, y empieza el impuesto invisible del fusil.
Petróleo como contrato con el humo
El objetivo de Washington, formulado en el lenguaje áspero de la transacción, es simple: entreguen el petróleo. El secretario Rubio ha enmarcado la meta en términos de interés nacional, dejando claro que “el objetivo número uno es Estados Unidos”.
Pero el petróleo no se extrae con eslóganes. Se extrae con territorio, infraestructura y seguridad: con la continuidad tranquila de una tubería que nadie se atreve a tocar. Y el problema definitorio de Venezuela es precisamente que ningún actor controla plenamente esas tres cosas.
Incluso si un gobierno interino firma acuerdos para abrir la industria petrolera a intereses estadounidenses, ¿quién los garantiza en la puerta de la refinería? ¿Quién protege un oleoducto del sabotaje en un corredor dominado por redes armadas? ¿Quién asegura a los inversores que un contrato firmado hoy seguirá valiendo mañana en un país donde la violencia tiene precio de mercado y el caos se compra y se vende?
En un paisaje donde la coerción está fragmentada, el crudo deja de ser mercancía para convertirse en rehén. La premisa de que Estados Unidos puede extraer riqueza sin el trabajo lento y costoso de reconstruir instituciones no es realismo: es una ilusión —un contrato firmado con humo.
La lógica de la guerra de cien años
Los diplomáticos todavía invocan la idea weberiana del “monopolio de la violencia” del Estado. En Venezuela, esa frase cae como comedia negra. La doctrina de defensa del chavismo se ha apoyado durante años en la asimetría: si no puedes ganar como potencia convencional, vuelves ingobernable el territorio. Armas el paisaje y luego culpas al paisaje.
Cabello ha invocado el modelo de Vietnam, prometiendo una “guerra revolucionaria” que duraría no días, sino “cien años”. Que pueda sostener una centuria importa menos que las condiciones que hacen plausible una insurgencia crónica: un país inundado de armas, economías criminales activas y mando fragmentado.
En un país así, no hace falta un ejército masivo para paralizar el Estado. Un puñado de militantes disciplinados puede montar una campaña de sabotaje y desestabilización eficaz contra un gobierno entrante. Si Washington presiona por extracción sin reconstrucción —confundiendo el silencio temporal con sumisión— el resultado probable no será una transición ordenada, sino una ruptura violenta: una gobernabilidad que se descascara, una infraestructura que se vuelve objetivo, un país que aprende a resistir por inercia.
El desenlace somalí
El peligro más inmediato no es solo la reconstitución del chavismo bajo otra etiqueta (con mercados abiertos y dinero “limpio”, sin sanciones, podría hasta hacerse competitivo electoralmente). Es la consolidación de algo peor: una Somalia caribeña, donde los símbolos nacionales sobreviven como decoración —banderas, himnos, edificios públicos— y la autoridad real pertenece a quien sostiene el fusil en la alcabala, en la mina, en el puerto o en la entrada del barrio.
La decisión de Washington de dejar intacto al aparato chavista puede haber evitado el colapso inmediato, pero dictar resultados “por encima de las cabezas del pueblo venezolano” invita a una corrosión institucional sostenida: la idea de que el país se administra desde afuera como se administra una concesión.
La democracia requiere ciudadanos. Estos micropoderes solo requieren súbditos. Convertir a los segundos en los primeros exigirá años de construcción institucional y un compromiso inequívoco con un pacto político interno. La postura actual de Washington sugiere lo contrario: transacción por encima de reconstrucción, extracción por encima de gobernanza.
La historia es obstinada en este punto: no se puede firmar un contrato duradero con un fantasma. Y no se puede bombear petróleo de un pozo en llamas.




