Para Cibelle (que hoy, como siempre, lleva la cuenta de nuestros aniversarios)
Fullmoon, la pieza de Ryuichi Sakamoto, empieza con un solo tono sostenido, sin vibrato ni armónicos. Es el sonido de un diapasón que por un momento confundo con mi tinnitus, el pitido que, según el audiólogo, de ahora en adelante me acompañará siempre. Sobre esa nota que no promete nada, una voz empieza a hablarme: «Como no sabemos cuándo vamos a morir, pensamos en la vida como un pozo inagotable». (Sakamoto las puso ahí dos años después de un pabellón de oncología, grabando el disco que creía el último). Todo ocurre un número determinado y muy pequeño de veces, continúa la voz, y enseguida me pregunta cuántas veces más recordaré aquella tarde de mi infancia sin la cual ni siquiera concibo mi vida. Cuatro, cinco. Cuántas lunas llenas me quedan por ver salir. Veinte, tal vez. Y, sin embargo, todo me parece ilimitado.
Puedes escuchar Fullmoon en Spotify,
en Apple Music o en tu plataforma preferida.
Si no lo entendí a la primera, Sakamoto repite el mensaje una y otra vez en distintos idiomas. «How many more times will you watch the full moon rise?». Las frases vienen de El cielo protector (1949), de Paul Bowles, pero eso lo sabré después. El compositor hizo susurrar el texto con distintas voces. Una encima de otra, de modo que la cuenta no la haga nadie en particular. La hace cualquiera.
Hice la cuenta. Me sorprendió lo poco que me costó el ejercicio. Quizás, como todo exiliado, tengo esa aritmética aprendida hace rato. Cuando dejas atrás lo que creías que era toda tu vida, sabes antes que los demás que las cosas ocurren un número contado de veces, porque hubo una persona, en una esquina, en una ciudad, a la que viste por última vez sin saber que ya habías gastado la cifra. Bowles le enseña al lector sano lo que el enfermo de cáncer aprende en el quirófano, el que se está quedando sordo en la cabina del audiólogo y el desterrado en el aeropuerto.
El «pozo inagotable» hoy tiene un nombre técnico: scroll infinito. Es la única promesa que la pantalla cumple siempre. Un pozo que no se acaba. Al ofrecer el derecho a deslizar el dedo, alternando el horror con la bagatela sin que se nos mueva un músculo, el algoritmo nos clava la mirada en el suelo. Con un gesto nos cobra la luna. El filtro no distingue entre el hongo nuclear y el plenilunio: ambos son realidad, y la realidad, nos dicen, es opcional.
La planta baja del edificio público, allí donde ocurre la política, no la ocupa el que más teme ni el que más se distrae; esos piensan que no tienen tiempo o que les sobra. La ocupa el que sabe que solo podrá hacerlo un número limitado de veces y necesita que cada una cuente. El ciudadano es el que hace la cuenta.
Cicerón escribió De officiis en los meses posteriores al asesinato de César, con las primeras Filípicas contra Marco Antonio ya en circulación y sabía que su nombre figuraba en la espada del general romano. Puede parecer un tratado sobre el deber. Él lo escribió como un hombre que se sabía con los días contados.
Puedes escuchar This Bitter Earth/On the Nature of Daylight
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Suena la segunda pieza. Max Richter rescató una cinta de 1960 donde Dinah Washington canta This Bitter Earth y la hizo caminar, medio siglo después, sobre las cuerdas de On the Nature of Daylight. Es un dueto entre dos épocas que no se tocaron: una mujer que murió a los treinta y nueve años pregunta «What good am I?», ¿de qué sirvo? La respuesta está en el oficio de llevar la cuenta: qué hice yo, cuántas veces, para quién. La maravilla y el deber no son contrarios. Los dos exigen mirar lo que hay. Y lo que hay no es opcional.
Veinte lunas, quizá. Esta fue una.





