La última vez que voté en Venezuela me pintaron el meñique de morado. Tinta indeleble, decían. Duraba tres días. Así que no me la lavé. Dejé que la mancha se fuera sola. Mañana a ustedes les van a dar una calcomanía. Dice I voted y se despega sola antes de la cena.
Perdimos muchas veces. Perder tenía su coreografía: el conteo lento, el discurso de madrugada, el silencio del lunes. El peligro llegaba después, de a poco y como estaba previsto. Uno aprendía a convivir con él o se mudaba de vecindario, de ciudad, de país. Aprendía a no decir por teléfono lo que no gritaría en una plaza. Perder es lento. Deja calcular qué soltar primero y cómo vender rápido lo que mañana no valdrá nada. Mi primo Enrique tenía una comparación cruel (no era suya, pero la decía como suya): «Si pones las ranas en agua tibia y la vas calentando, te las comes. Si las echas en agua hirviendo, saltan». «Te sigo, primo. Qué cochinada. Yo no como ranas».
Hasta que ganamos un domingo y saltamos de alegría. Esa fue la peor noche.
No porque dudáramos del resultado. Teníamos las actas, una por una, impresas y firmadas. Pudimos probar lo que pasó. Lo dijimos. Lo seguimos diciendo. No importó. Nos dejaron hablar. Hablar no cuesta nada y, mientras hablas, ellos toman nota de dónde estás tú y dónde duermen los tuyos. Cuando les sirve, te dejan hablar. Cuando no, te buscan. Esa vez el peligro no llegó de a poco. A algunos les cayeron los colectivos en motos esa misma noche, o la siguiente, lista en mano. A otros los fueron cazando graneaditos, cuando creían que ya había pasado la tormenta.
Mañana no voto. No puedo. Vivo alquilado en un edificio de Maryland donde las reglas prohíben clavar letreros en el césped, y soy también inquilino de esta república. A Cicerón lo llamaron inquilino de Roma. Se lo tiraron a la cara. Él lo asumió como un oficio.
No vengo a decirles por quién votar. Nadie se convierte en la víspera. Ya decidieron, incluso los que decidieron quedarse en casa. Vengo a decirles qué mirar mañana por la noche. No miren quién gana. Miren qué hacen con las llaves los que pierden. Si las entregan despacio y con mala cara, siguen teniendo una república. Si no las sueltan, el resto ya está escrito. Yo ya lo leí.
La calcomanía se les va a despegar antes de la cena. La tinta se me borró a los tres días. Lo otro no sale.



