Chicago, abril de 1944. Dos soldados con casco sacan a Sewell Avery, presidente de Montgomery Ward, del edificio de la empresa. Lo llevan en vilo, cada uno con un brazo bajo las rodillas. Él es una pieza de mobiliario que lleva la forma de su silla grabada en el cuerpo y parece tan almidonado como su traje, con la raya del pantalón intacta y la mano izquierda sujetando la muñeca derecha. Su gesto es a la vez inflexible y relajado. Detrás, un muchacho juega con algo entre los dedos. Está en su mundo y camina como si nada extraordinario estuviese pasando. Abajo a la izquierda, apoyado contra la pared, hay un maletín ejecutivo abandonado. No se cayó (quizás alguien lo puso allí para tener las manos libres; un pequeño misterio que la foto no revela).
Paul Krugman reprodujo la imagen esta semana casi sin detenerse en ella. Ilustró con ella su argumento de que Starlink no puede seguir bajo el control de Elon Musk. En su lectura de la foto, el Estado vence al hombre que se creía más grande que la guerra. Pero la miro desde otro ángulo y, en lugar de una victoria, veo una frontera: un Estado que todavía sabía dónde terminaba el negocio privado y dónde empezaba el edificio público. Un Estado con dos hombres de uniforme y rango para trazar la raya y validar su soberanía. El maletín con documentos, memorandos y títulos de propiedad quedó en la calle. Avery perdió, pero perdió contra algo con nombre, consistencia y presencia física.
Esa frontera es lo que falta en la historia de Ucrania sin internet. Sus drones se quedaron ciegos una noche de octubre. El secretario de Estado dice que no hubo orden y que la Casa Blanca no sabía nada; Musk dice que fue Trump. Nadie cargó a nadie. Los defensores del nuevo orden dirán que el Estado del siglo XXI no puede fabricar sus propios cohetes y que necesita la velocidad de los magnates. Es cierto, pero confunden el contrato con la soberanía. El problema no es que el Estado sea débil, sino que ya no habita en otro edificio. El que apaga los satélites es el mismo que entró al gobierno con credencial de empleado especial para podarlo desde dentro. El que negocia con Putin es un promotor inmobiliario. El que decide el futuro de mi país tampoco es diplomático. Y el que los convoca construye su salón de baile en la Casa Blanca con, entre otros, dos millones y medio prometidos por la hija de un banquero venezolano al que indultó en enero. Krugman pregunta si un particular puede hacer política exterior. Me pregunto si queda algún Estado que no sea particular.
Los defensores del nuevo orden dirán que el Estado del siglo XXI no puede fabricar sus propios cohetes y que necesita la velocidad de los magnates. Es cierto, pero confunden el contrato con la soberanía. El problema no es que el Estado sea débil, sino que ya no habita en otro edificio.
Vengo de un lugar donde aprendimos una respuesta para esta interrogante. Chávez no asaltó PDVSA con soldados: primero, botó a su directiva y a sus expertos con un silbato en televisión; después, la declaró «roja, rojita» y la administró como una hacienda propia. El Estado concesionado no necesita robar. Le basta con que la línea entre el erario y el bolsillo se vuelva una cuestión de opinión. Después, todo es contabilidad.
El ejemplo que mejor lo explica en Washington no es Starlink, sino un avión. Catar le regaló al Pentágono un Boeing 747 de 400 millones de dólares. El Pentágono lo pintó de rojo, blanco y azul, con la librea del jet privado de Trump, y en la Casa Blanca ya dan por sentado que, cuando deje el cargo, el aparato irá a su biblioteca presidencial. Un regalo a la nación que termina en la cochera del rey. (Luis XIV nunca dijo «el Estado soy yo»; la frase se la inventaron después, pero perduró porque describía lo que sí hizo: reducir Francia a su corte doméstica). Mientras la familia presidencial reporta más de mil cuatrocientos millones de dólares en criptomonedas desde su regreso al poder, el presidente asegura que todo el mundo sale ganando. Sobre los conflictos de interés, le dijo al Times en enero: «Descubrí que a nadie le importaba».
Esa es la frase. No el avión, no las monedas. “I found out that nobody cared” (Descubrí que a nadie le importaba). La escuché en Caracas con otro acento. ¿A quién le importa? Tiene la estructura de un experimento: alguien cruzó la línea para ver si quedaba alguien del otro lado. No había nadie.
Cicerón escribió que la res publica es la res populi, la cosa del pueblo, y que bajo el capricho de una facción no hay una república mal gobernada: no hay república, aunque se la numere —tercera, cuarta, quinta—. No lo escribió como advertencia teórica. Lo hizo antes de César, cuando la República conservaba todas sus instituciones, ya él había avizorado cómo se vacía una ciudad sin tocar una sola pared.
Vuelvo a la foto. Avery se sujeta las manos y va tranquilo porque sabe que lo van a posar en la acera y que en unas semanas volverá a su despacho, como en efecto ocurrió. El muchacho no mira porque no necesita hacerlo: hay alguien mirando por él. Hoy nadie saca a nadie. El maletín entra con su dueño, y el muchacho sigue caminando por la acera sin levantar la vista. Ya nadie mira por él.


