Ocho horas tardó María Corina Machado en llegar de Barquisimeto a Caracas. La gente le lanzaba desde la cuneta de la carretera esos rosarios de plástico que venden a las puertas de la Divina Pastora, y ya a la altura de Valencia le tapaban el cuello. Ese mismo domingo, en Washington, un periodista le preguntó a Donald Trump por ella, y la respuesta cupo en un suspiro: «No sé nada de eso, pero creo que es una mujer muy agradable. Me entregó su Premio Nobel. Así que ¿cómo podría decir otra cosa? Y espero que esté a salvo. Es una mujer muy agradable. Pero nos está yendo realmente bien en Venezuela».
Me quedé pensando en la última conjunción. En qué cabe detrás de ese pero. Frente al Rodeo I, los familiares de los presos políticos subieron la colina gritando hacia los muros que María Corina estaba en casa. Desde adentro respondieron con las dos palabras de siempre. Nadie salió.
Desconfío de las caravanas —en Caracas, he visto la avenida Francisco de Miranda llena hasta donde alcanza la vista y la he visto vacía a la mañana siguiente, con los volantes mojados pegados al asfalto, como si la ciudad hubiera soñado—, aunque esta vez el malestar está en otra parte: en lo que desde la autopista no se alcanzaba a ver, porque llevaba diez meses funcionando sin necesidad de ella.
Desde que en enero una operación militar sacó a Nicolás Maduro de Caracas, el país lo administra Delcy Rodríguez, cuyo interinato, como le advirtió Guillermo Tell Aveledo a TalCual, descansa sobre un piso político que queda en Washington. En agosto Trump firmó con ella el acuerdo petrolero que él mismo llamó el más grande de la historia; cuando le pidieron explicarlo, usó la palabra botín. Una semana antes del regreso de Machado, Marco Rubio y él posaron en Texas delante de un tanquero de crudo venezolano con las elecciones de medio término encima (Efecto Cocuyo); unos días después, Rubio reclamaba para el Departamento de Estado el mérito de haberle abierto la puerta a ella (El Pitazo). Pareciera que nadie en Washington ha notado que las dos fotos cuentan historias incompatibles. O peor: que ya notaron que en campaña se puede cobrar por ambas.
A lo que se armó en estos diez meses habría que llamarlo una república en subarriendo. Funciona como una quiebra intervenida: el país es un activo averiado. Washington hace de síndico y la gerencia anterior, decapitada, sigue en nómina porque sabe dónde están las llaves de paso. Los acreedores privilegiados —las petroleras, los tenedores de bonos, el propio Departamento de Estado— cobran primero por ventanilla. La gente cobrará al final, raspando la olla, y mientras tanto recibe un adelanto en especie que en los comunicados se llama diálogo de reconciliación. El síndico, entretanto, subarrienda. En esa contabilidad, la soberanía popular se trata como un gas que conviene ventilar despacio para que no revienten las tuberías. Cuando hoy alguien pronuncia la palabra transición, habría que preguntarle si habla de devolver la república o de cumplir un calendario de pagos.
A lo que se armó en estos diez meses habría que llamarlo una república en subarriendo. Funciona como una quiebra intervenida: el país es un activo averiado.
Roma llamaba pacificada a la provincia donde el rey rebelde había sido sustituido por un recaudador puntual. Durante veinticinco años los venezolanos pelearon contra una dictadura mesiánica, y uno se había acostumbrado, incluso desde el exilio, a saber contra qué gritar. Lo que tenemos delante carece de rostro y de fervor. Los antiguos carceleros revisan borradores institucionales con la Asamblea de 2015 y con funcionarios de carrera en inglés técnico; los presos políticos ocupan una celda en otra hoja de cálculo, y a quien pregunta por ellos se le receta paciencia. Se nos dirá que así terminan las tragedias en el mundo real: que es preferible el tedio de los contadores al plomo de los cuarteles, y que un país exhausto necesita primero que bombeen los pozos antes de contar los votos. Es un argumento seductor para quien lleva veinte años a oscuras, salvo por un detalle: confunde la pacificación de un yacimiento con la fundación de un país. Contra un fideicomiso no hay consigna que sirva.
Por eso el regreso de Machado es más peligroso de lo que sugieren las fotos de la autopista. Derribar al tirano, en el sentido más literal, ya lo hizo otro con helicópteros. Ella volvió a una sala donde todos los demás ya habían firmado, y en una sala así la autoridad moral estorba. Agradeció a Trump, como obligan las formas; pidió fecha electoral para 2027 (El Pitazo) y cuestionó la letra chica del acuerdo petrolero, que es lo único que un acreedor sin garantía puede hacer para que lo escuchen: hablar fuera de turno.
Una democracia nacida de un contrato de arrendamiento llega con las cláusulas redactadas en otra parte. El día que se celebren esas elecciones, si se celebran, habrá que preguntar quién dictó la escritura bajo la cual se vota, y la respuesta ya la intuimos todos los que el domingo no estábamos en la carretera de Barquisimeto, que es otra manera de decir que tampoco estábamos en la junta de acreedores. Ella dejó su medalla en una mesa de Washington para que su país tuviera una urna; allá guardaron el oro en la vitrina, compraron el crudo y dejaron las llaves en manos del carcelero.
En el Rodeo, los prisioneros oyeron su nombre. Pero siguen adentro.





Este país ya nos enseñó que cualquier peor escenario es posible.