La Geometría del Vacío: Crónica de un Interregno
A dos semanas de de la intervención de EEUU en Venezuela, la euforia cede paso a la ansiedad. Análiso la fragilidad del cambio, los micropoderes criminales y la irrelevancia del derecho internacional.
Autor, periodista y politólogo del Aspen Institute. Vive en Washington, D.C. Funciona bien y sin presión cuando monotasking. Sus opiniones son personales.
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A las tres de la mañana, en mi apartamento de Washington, D.C., la luz azul del teléfono me ilumina el rostro con la intensidad espectral de un faro en la niebla. Es el brillo del insomnio compartido por millones. Al otro lado de la pantalla —a más de dos mil kilómetros—, en la oscuridad pegajosa de Maracaibo o en el silencio eléctrico de Caracas, no hay respuestas: solo el zumbido de la incertidumbre.
Han pasado dos semanas desde la Operación Resolución Absoluta (Operation Absolute Resolve) y el aire todavía huele a pólvora vieja y a café recalentado: esa mezcla inconfundible de adrenalina que se disipa para dejar paso a la resaca de la historia.
Durante años, la diáspora venezolana ha ensayado mentalmente el regreso como quien repasa una liturgia sagrada. Hoy está paralizada en el umbral. La euforia inicial —ese champán barato de la esperanza— se evaporó. Lo que queda es la ansiedad de la memoria. Y en América Latina la memoria no es un archivo: es una ristra de heridas abiertas.
La bota militar es el comienzo de varias canciones que esta región se sabe de memoria. La letra cambia según la suela sea nacional o extranjera, pero el estribillo se impone. Da igual la bandera o el eufemismo técnico —Operation Resolve, “operación de estabilización”, o “Trumpetilla” en la jerga de los cínicos—: el paso marcial despierta fantasmas que dormían con un ojo abierto.
En Venezuela, además, el nombre no suena a determinación, a hazaña decisiva ni a cierre definitivo. “Operation Absolute Resolve“, en el oído popular, se convierte en “Misión Resuelve Como Puedas”: una expresión cotidiana que conecta con la memoria reciente de las dádivas chavistas y con un verbo que hoy tiraniza el día a día. Resolver no significa “solucionar el país”; significa “garantizar la papa”. Significa conseguir divisas como sea —un trabajo fijo, un freelance, un encargo, una remesa— para llenar el estómago hoy y navegar la inflación. Visto desde afuera, el título de la operación promete un desenlace; visto desde adentro, describe el oficio nacional de vivir al día, donde el futuro se conjuga en pretérito imperfecto.
Aquí aparece la ironía suprema, digna de una tragedia griega reescrita por un asesor de Washington: para aplicar la ley, se ha decidido ignorar la ley. La Carta de las Naciones Unidas, con sus nobles prohibiciones sobre el uso de la fuerza y la no intervención, queda reducida a un origami diplomático: pulcro, frágil e irrelevante ante la Realpolitik. Tucídides ya lo dejó dicho en el Diálogo de los Melios: “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. Washington lanzó los dados; el Derecho Internacional Humanitario mira desde la grada, preocupado menos por la habitual lentitud del debido proceso que por la excepcional rapidez con la que se disuelve su propia autoridad.
Pero sería un error mirar esto únicamente con las gafas del siglo XX. No es la Guerra Fría, aunque la temperatura haya bajado en Moscú y Pekín. Hay estructuras más profundas: lo que sucede en Miraflores produce réplicas en el Estrecho de Taiwán y en las estepas de Ucrania. Xi Jinping y Vladimir Putin no ven una “liberación”; ven un precedente. Ven, con precisión de cirujano, hasta dónde está dispuesto a llegar el hegemón contra un régimen hostil. Para ellos, la Operation Resolve no es una narrativa moral: es un dato en el algoritmo de su supervivencia y su expansión.
La pregunta —la única que importa— no es retórica: ¿esto funciona como disuasión? ¿O abre la puerta a que cada potencia haga en su patio trasero lo que le venga en gana? ¿Es un golpe quirúrgico o el combustible de una escalada global?
Ahora bien: bajemos de la estratosfera geopolítica al barro de la frontera. Mientras los titulares debaten legitimidades, en la raya entre Colombia y Venezuela la realidad tiene otros dueños. El vacío de poder es un mito físico; en política, el vacío no existe. Los mismos rufianes controlan hoy el poder y la fuerza armada. Allí donde el Estado se retira o colapsa, el crimen organizado florece con la virulencia de una enredadera tropical. El ELN, las bandas transnacionales y el archipiélago de grupos armados que opera en el país no leen comunicados de prensa: leen oportunidades de mercado.
Desde antes de que Maduro imaginara la presidencia —cuando Chávez todavía era el comandante supremo—, estas fuerzas irregulares ocupaban espacios. Durante la década extendida del terror madurista, reconfiguraron rutas, puertos, trochas y cadenas de mando. Y ahora, bajo Trump o bajo un gobierno de transición, se asegurarán de algo elemental: que, se siente quien se siente en la silla presidencial, ellos sigan cobrando el peaje. Cambia el uniforme, no el impuesto. Y el cliente es el mismo de siempre: el comerciante legal, el contrabandista de oro, el narcotraficante o la familia del secuestrado.
En el centro de este huracán —estático solo en apariencia—, la política interna venezolana interpreta una versión macabra de El Gatopardo. Tancredi lo dijo con una lucidez que hoy suena a amenaza: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. María Corina Machado, en una agresiva campaña diplomática para conservar su legítima relevancia, actúa sobre el fondo de ese paisaje gatopardesco. Ahora sabe que regalar el Nobel fue un error de desesperación. La unidad opositora, que pareció sólida en torno a su liderazgo, hoy empieza a mostrar grietas: fatiga, oportunismo, cálculo de supervivencia. El “gobierno interino” o “actuante” corre el riesgo de convertirse en estatua de sal: paralizado en nombre de la estabilidad, burocratizando el cambio, congelando la urgencia.
Mientras tanto, la represión política —ya no centralizada y “eficiente”, sino más fragmentada, más impredecible— sigue mordiendo los talones de la disidencia. En un régimen que pierde control vertical, la violencia rara vez desaparece: se descentraliza.
Estamos, como diría Antonio Gramsci, en el claroscuro del interregno. El viejo mundo ha sido golpeado de muerte, pero el nuevo se niega a nacer. Y en ese espacio de penumbra surgen los monstruos: no siempre con colmillos, a veces con formularios, cadenas de mando improvisadas y contratos de seguridad privados.
La ventana para una transición basada en reglas se está cerrando, no con un golpe seco, sino con el chirrido oxidado de la inacción interna y el espectáculo irrepetible de la mission accomplished de Donald Trump. Si la transición no se vuelve rápida, limitada en el tiempo y ferozmente institucional, la Operation Resolve no será recordada como el día de la liberación, sino como el momento en que Venezuela cambió una tiranía vertical por una anarquía horizontal tutelada: una oligarquía con padrinos, un país zombi manejado a control remoto, alimentado por remesas y regalías petroleras administradas desde el extranjero.
Y entonces, en Washington —como también en Doral, Madrid, Bogotá, Lima...—, la luz del teléfono seguirá encendida a las tres de la mañana, esperando un mensaje que confirme si es hora de hacer las maletas o de cerrar los ojos, por fin, y olvidar.




