Every Brilliant Thing y La trampilla que no cierra
Cada actor que interpreta "Todas las cosas maravillosas" encuentra una línea que lo detiene. Esta es la mía.
Es sábado en la mañana y en mi estudio huele a café. En el escritorio hay una página del guion de Every Brilliant Thing, Todas las cosas maravillosas, con un círculo hecho a lápiz. El círculo marca dos frases:
“That horrible feeling when something is broken and can’t ever be fixed. The trapdoor swinging open. Fight or flight or stay as still as you can.
I’d been feeling like that for a long time.1”
La segunda frase es la que me detiene. La primera describe un momento: Sam, la mujer del narrador, lo deja, y el cuerpo del narrador responde como respondió a los siete años cuando su padre lo recogió tarde del colegio. “The trapdoor” es la trampilla del peligro. Pelear, huir o quedarse inmóvil. Lo conocido. La segunda frase es otra cosa: es el descubrimiento, en plena adultez, de que la trampilla nunca se cerró. Que llevaba abierta veinte años. Que la vida adulta había sido el papel tapiz sobre la grieta.
Llevo varios días intentando leer ese pasaje en voz alta sin detenerme. Todavía no lo he conseguido.
En pocas semanas voy a interpretar la obra de Duncan Macmillan y Jonny Donahoe, que ha estado dando la vuelta al mundo con verdaderos actores haciendo el papel (en Broadway, el narrador es Daniel Radcliffe). Mis amigos, mi familia y mi comunidad en Bethesda tendrán que padecerme. Al menos la obra es corta, dura una hora. No tiene escenografía y las luces de la sala permanecen encendidas. El narrador entra mientras el público se sienta y reparte papelitos numerados con cosas maravillosas de la vida (brilliant things, en inglés británico) escritas a mano: 1. Helado. 2. Peleas de agua... 4. El color amarillo. Cuando el narrador llama un número, la persona que tiene ese papelito grita en voz alta lo que le tocó. Algunos miembros del público son invitados a hacer el papel del veterinario que sacrifica a la mascota de la infancia, del padre que conduce al hospital donde está la madre, de Sam, de la consejera escolar, del profesor de literatura. La obra no se puede hacer sin ellos. Esa es la tesis, además del método.
La obra es muy divertida y conmovedora, es una comedia después de todo, pero Macmillan plantó la frase de la trampilla tres veces. La primera y la segunda son el cuerpo de un niño, y más tarde de un adolescente, respondiendo a la noticia de que su madre intentó quitarse la vida. La tercera es el cuerpo de un adulto respondiendo a la mujer que lo amó y se va. El cuerpo no aprendió nada en veinte años. La trampilla es la misma trampilla. Ese es el diagnóstico que la frase entrega. No que algo se rompió, sino que la rotura siempre estuvo ahí, y que uno había estado viviendo encima.
Los actores que han interpretado al narrador han hablado de la línea que los detiene en los ensayos. La respuesta nunca es la que uno esperaría. No es la madre en el hospital. No es el perro. No es el funeral. Es siempre una línea oblicua, una que se cuela entre cláusulas subordinadas y diagnostica al actor antes de describir al personaje. “La felicidad me daba miedo porque solía estar seguida de”, dijo Donahoe, el primer intérprete, y dejó la frase sin terminar. Otros se detienen en si has llegado al final de tu vida sin haberte sentido aplastado por la depresión, probablemente no has estado prestando atención. Cada actor encuentra su propia trampilla en el guion. Por eso la obra puede repetirse miles de veces y nunca ser la misma.
La mía es la trampilla literal. I’d been feeling like that for a long time. Hace tiempo que me he sentido así.
Venezuela no volverá, no la que fue mi patria. Mi trabajo, como el de todo el sector del desarrollo internacional, está en la incertidumbre. El trabajo del amor se pospuso cuando aún se podía. Ninguna de esas cosas parece que tendrá arreglo nunca.
El padre del narrador, en el coche, le explica al niño que no puede contestar todos sus por qué. Le dice que saberlo todo es imposible y que, además, no bastaría. Que la imaginación es lo que hace que la vida sea soportable. Que para vivir en el presente hay que poder imaginar un futuro que sea mejor que el pasado. Eso es lo que es la esperanza, dice el padre, y sin esperanza no podríamos seguir.
No se puede arreglar el país que se perdió. No puedes deshacer el hambre de días pasados, trabajando de retroceso: la gente sigue adelante, se adapta o muere. No puedes recuperar los años de amor pospuesto: amaste o no, fuiste amado o no.
Lo que sí se puede es construir una nueva nación desde el exilio, encontrar una nueva misión, amar ahora, sin miedo a lo que ya quedó atrás. No por terapia. Por officium, por la disciplina de seguir nombrando lo que importa, en voz alta, delante de gente.
Por eso quiero hacer la obra.
Pronto estaré en una sala en Bethesda con las luces encendidas. Voy a repartir papelitos. Voy a pedirle a un vecino que sea el veterinario, a otro que sea el padre, a otra que sea Sam. Voy a decir la frase de la trampilla en voz alta, en inglés, en un suburbio de Maryland que no es mi país, delante de personas que en su mayoría no saben de dónde vengo. Y voy a confiar, porque la obra entera es una apuesta a esto, en que cuando llame al número uno, alguien en la sala va a gritar helado, y cuando llame al doscientos, alguien va a gritar hammocks, y cuando llame al quinientos diecisiete, alguien va a gritar conocer a alguien lo suficiente para que te revise si tienes brócoli entre los dientes.
La lista no salvó a la madre del narrador. La obra es muy clara sobre eso. La lista nunca iba a salvarla. Lo que la lista hace es otra cosa: enseña al que la escribe a prestar atención. Y cuando se lee en voz alta, en una sala con las luces encendidas, le enseña a la sala lo mismo.
En un mundo roto, no todo puede arreglarse. Pero nadie tiene que quedarse solo con lo irreparable. Ni siquiera para nombrarlo.
Ese es el trabajo. Esa es la obra.
Hago mi propia lista. Tú haces la tuya. Mejor todavía: la hacemos juntos.
“Ese sentimiento horrible de que algo se ha roto y nunca podrá repararse. La trampilla abierta, batiéndose. Pelear o huir o quedarte tan quieto como puedas./ Hace tiempo, que me he estado sintiendo así.” Traducción de Cicero de Every Brilliant Thing , o “Todas las cosas maravillosas”.



