El Trofeo y la Caja Óptica: Venezuela y la política de ver juntos
En Washington, la Caja Óptica de Soto enseña a “ver juntos” como atención ética, frente al encuadre triunfal del Estado de la Unión sobre Venezuela y el exilio.
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La Galería de Arte Nacional, en Washington, D. C., tiene un silencio particular. Hace poco estuve allí con colegas, practicando lo que Mary-Hall Surface llama “ver juntos”, que también es “ver con el corazón”. No fuimos allí a aprender de arte, sino a encontrarnos con él: a tratar la atención como una forma de intimidad cívica.
Mary Hall, educadora de museos y dramaturga, nos propuso un ejercicio pensado para colarse entre los sentinelas de la mente: “Siento… [qué] en/a través de/porque… [qué]…” Poner nombre al clima o a la tempestad dentro del pecho y no al acertijo en los rótulos.
Entonces la vi: la Caja Óptica (1964), de Jesús Soto. Oculto a plena vista, entre los maestros estadounidenses y europeos un cubo negro, modesto en su esquina, un artefacto venezolano reposando en Washington como si siempre hubiera vivido aquí. Plexiglás, líneas paralelas incapaces de quedarse quietas. Te inclinas un poco a la izquierda y el interior se reorganiza, vuelves atrás y se recompone de nuevo. El movimiento no está en el objeto. Está en la relación.
Sentí escalofrío, reconocimiento. Yo crecí con Soto como un dios del arte y la física. Lo encontré por primera vez en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Tenía nueve años, por lo que su lenguaje de vibración fue mi educación temprana en lo que la abstracción puede hacer: no decorar la realidad, sino descolocarla.
Con el horizonte de mi país endurecido en algo que ya no puedo cruzar, la sorpresiva aparición de esa caja hizo que Venezuela me pareciera portátil. No una bandera, no un eslogan: luz insistiendo en una verdad obstinada. La casa no siempre es un lugar; a veces es una forma de mirar que se niega a rendirse.
Y, sin embargo, esa misma semana, al otro lado de Constitution Avenue, Venezuela entró en el Capitolio estadounidense en el modo contrario: no como temblor de percepción, sino como trofeo. En el discurso del Estado de la Unión, la retórica fue tajante: el fin de un “reinado”, la promesa de un “nuevo comienzo luminoso”, el gesto enfático de una “victoria colosal”.
Lo que parece un triunfo político suele ser una disputa por quién tiene derecho a dar marco a la realidad.
Enmarcar nunca es inocente. Decide qué cuenta como primer plano y qué se deja desaparecer en los márgenes. Roma lo entendió. El triumphus antiguo fue una tecnología pública del sentido: se hacía desfilar a los vencidos por las calles para que el imperio sintiera su propia solidez. El espectáculo decía menos sobre los derrotados que sobre la necesidad del público de creer que el mundo era, por fin, legible.
Borges dibujó un mapa con tal precisión que terminó sustituyendo al territorio. El peligro no es el error sino la totalización. Cuando un relato político se vuelve un circuito cerrado, deja de describir la vida y empieza a asfixiarla.
Por eso Soto importa. La Caja Óptica es una pequeña máquina para humillar la certeza. Rechaza el punto de vista soberano. Su lección es física: si quieres ver, tienes que moverte. Si quieres comprender, tienes que aceptar que la verdad cambia con la posición.
Esto es intolerable para el triunfalismo: quiere que Venezuela se quede quieta, plegada dentro de una contabilidad doméstica —petróleo, alianzas, recibos geopolíticos— convertida en prueba de competencia.
Tres fragmentos, hallados como monedas gastadas:
La soberanía es un encuadre que suplica ser creído.
Un trofeo es un ataúd con buena iluminación.
El exilio es el robo del derecho a nombrar lo ocurrido.
Mary Hall: tu ejercicio me recordó que la primera persona no es narcisismo; es responsabilidad. “Siento” es negarse a subcontratar la percepción al narrador más ruidoso. Y tú, lector, conoce la tentación: aceptar el relato limpio porque pesa menos, porque cuesta menos llevarlo encima.
Los relatos autoritarios aman la grandilocuencia y detestan la sutileza. La sutileza exige una segunda mirada, la humildad de admitir que tu ángulo no es el único ángulo. Una caja como la de Soto es peligrosa para la política de los trofeos porque nos entrena a desconfiar de nuestra primera certeza.
Al final de la sesión, Mary Hall Surface nos pidió un poema sobre lo que habíamos visto. Yo escribí:
“Varado en una sala ajena, encontré mi casa dentro de una caja. ¿Es una trampa óptica o un mapa del suelo cambiante del universo? Me inclino ante la vibración de la luz, ante mi tío, mi amigo, mi orilla: ya no están, y sin embargo no se dejan fijar.Encontré una nación en un cubo de vidrio, una geometría de lo que queda. No es un mapa cuadrado: es un asedio, un lugar donde luz y duelo se niegan a ser trofeo.Aquí la luz no se posa y los muertos no se van: esperan a que el ojo se mueva.”
El duelo es un modo de percepción: sigue rastreando el mundo en busca de lo que falta. En el Capitolio, Venezuela aparece encuadrada como “resolución”. En el museo, sigue siendo una vibración sin clausura. La idea no es rechazar el cambio político, sino rechazar la tentación de declarar “caso cerrado” a cualquier país solo porque suena bien en un discurso.
La realidad no es un trofeo para exhibir: es una relación que hay que cuidar. La luz no se queda quieta, los muertos no se van.





