El sueño de la razón produce monstruos
La piel del algoritmo: Frankenstein, King y la barbarie del miedo.
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Enero huele a pólvora fría y a propósitos de enmienda que nacen muertos. Es un mes de una blancura engañosa, esa luz lechosa de las mañanas que promete, falsamente, una tabula rasa. Entre la resaca del champán y las agendas nuevas solemos olvidar que enero es también el mes de los monstruos y de los profetas. Un 1.º de enero de 1818, Mary Shelley liberó a su criatura de la imprenta; un 15 de enero, siglo después, nació Martin Luther King Jr. para intentar salvar el alma de América de sí misma.
Este enero de 2026, sin embargo, no nos trae ni la redención gótica ni el sueño inconcluso de los derechos civiles. Nos trae —envuelto en el celofán técnico de la seguridad nacional— el despliegue más sofisticado del aparato de control humano jamás diseñado. No es casualidad. Hay una ironía oscura en que celebremos a King mientras permitimos que ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, se convierta en la agencia policial más hipertrofiada de la historia estadounidense, armada no con antorchas ni horcas, sino con la precisión glacial de los algoritmos de Palantir.
Aquí emerge una de las grandes ilusiones del poder contemporáneo: creer que la tecnología nos vuelve más racionales, cuando en realidad suele volver más eficiente nuestra crueldad. El problema no es que el Estado se haya vuelto un monstruo irracional; el verdadero terror es que actúe convencido de su perfecta, aséptica y matemática racionalidad.
La criatura de Shelley —ese ensamblaje de miembros dispares cosidos con urgencia— no nació siendo un monstruo. Se convirtió en uno bajo la mirada del otro. Aprende a leer y lo hace con El paraíso perdido. Allí razona, siente y formula una pregunta que sigue desarmando coartadas morales dos siglos después: “¿Era yo, entonces, un monstruo, una mancha sobre la tierra, de la cual todos los hombres huían y a quien todos repudiaban?” Reclamar que se le trate como un demonio solo por su apariencia, por ser lo que es, no es una queja estética, es una acusación ética. Víctor Frankenstein comete el pecado original de la modernidad tecnológica: crear capacidad sin asumir responsabilidad. Hizo lo que pudo hacer porque pudo hacerlo, sin preguntarse si debía.
Washington repite hoy ese gesto, pero sin la angustia romántica de Víctor. La alianza entre el Departamento de Seguridad Nacional y las corporaciones de minería de datos ha engendrado un nuevo Frankenstein, esta vez invisible. Ya no hay costuras en la piel, sino líneas de código que clasifican al “otro” —el inmigrante, el solicitante de asilo, el disidente— según patrones de sospecha predictiva. Resulta casi obsceno ver a políticos citar a King por la mañana y aprobar presupuestos de vigilancia masiva por la tarde. Utilizan tecnologías de reconocimiento facial e inteligencia artificial desarrolladas por una empresa llamada Palantir —bautizada, con una ironía que Tolkien habría detestado, por las piedras videntes que según la imaginación del autor, corrompían a quienes las usaban— para verlo todo, sin comprender nada.
Martin Luther King advirtió en su discurso del Nobel de 1964 sobre el peligro de poseer “cohetes guiados y hombres desorientados”. Su temor no era la escasez, sino la abundancia tecnológica combinada con pobreza espiritual. Ese desfase es hoy la columna vertebral de la política migratoria estadounidense. Hemos sustituido el juicio moral por el juicio probabilístico. Al convertir a las personas en “perfiles de riesgo”, el Estado logra una hazaña psicológica devastadora: deshumaniza a la víctima y absuelve al verdugo. “No fui yo, fue el sistema” se ha convertido en la nueva banalidad del mal.
Esta convergencia entre el miedo atávico al forastero y la inteligencia artificial de vanguardia no es una anomalía estadounidense, sino un patrón global. Las democracias liberales están externalizando su conciencia a los servidores. La lógica es tan seductora como peligrosa: si el algoritmo dice que eres una amenaza, la expulsión deja de ser una decisión política para convertirse en una conclusión técnica. Es la limpieza de la conciencia mediante la suciedad de los datos.
Tal vez enero no sea el mes de los comienzos, sino el de los espejos. Shelley nos enseñó que el monstruo siempre refleja a quien lo repudia. King nos recordó que la dignidad no es un algoritmo. Al mirar la frontera —o nuestras propias ciudades crecientemente vigiladas— la pregunta de la criatura resuena con una urgencia insoportable. Cuando la próxima víctima del sistema pregunte por qué fue tratada como un monstruo a pesar de su humanidad, ya no podremos alegar ignorancia ni culpar a la tormenta eléctrica.
Tendremos que admitir que el monstruo no es quien cruza la frontera, sino quien escribe el código que decide a quién se le permite ser, estar, existir.
El sueño de la razón produce monstruos, según el grabado de Goya. La razón armada con inteligencia artificial produce algo peor: catástrofes sin alma, perfectamente organizadas.
Roger Santodomingo es escritor, periodista y politólogo, trabaja en el Aspen Institute. Vive en Washington, D.C. Funciona bien y sin presión cuando monotasking. Las opiniones son personales.




