El Inocente Cómplice: Sobre charlatanes, César Chávez, las audiencias dispuestas y el pacto que hacemos con nosotros mismos.
The NYTimes ha expuesto a César Chávez. Por qué tanta gente necesitó de tanto tiempo para no saberlo.
La tipografía de un viejo cartel de circo siempre promete más de lo que la pintura puede cumplir. Curvas rojas, dorado que se descascara, una sonrisa apenas demasiado ancha, la lona oliendo a polvo y a lluvia vieja. En 1939, cuando Europa se deslizaba hacia la catástrofe, W.C. Fields convirtió esa atmósfera en un principio. You Can’t Cheat an Honest Man era el título. Debajo del chiste había un diagnóstico.
La tesis es lo bastante simple como para sonar descortés: el charlatán no triunfa porque la gente sea estúpida. Triunfa porque tiene hambre. La estafa no exige inocencia sino apetito (el deseo de un atajo, de una explicación total, de un permiso disfrazado de revelación). El fraude funciona porque, durante un instante de alivio, la víctima cree que no la están engañando en absoluto. Cree, por fin, que le están diciendo exactamente lo que quería oír.
No dejaba de pensar en eso mientras leía Charlatanes, el libro de Moises Naim y Francisco Quico Toro. Su intuición central no es simplemente que los demagogos modernos mienten (los políticos y los embaucadores siempre han mentido). Lo decisivo es que disuelven el suelo mismo sobre el que las mentiras pueden ser juzgadas. No solo piden que creamos una falsedad; piden que aceptemos que la verdad es apenas otro producto en la estantería, que el experto y el demagogo son marcas rivales disputándose una cuota de mercado. Una vez que eso ocurre, vence la historia más emocionalmente satisfactoria. Los hechos llegan demasiado tarde, y demasiado maquillados.
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Esa es la historia visible. Lo que opera por debajo es más solitario y más íntimo. Los autores leen en Robert Putnam su descripción de la erosión del capital social: los clubes, los sindicatos, las parroquias, las asociaciones de vecinos que entrenaban a la gente común en los hábitos de la confianza. Y también a Hannah Arendt quien vio lo que ocurre cuando esa trama se deshilacha. El peligro no es solo la ira. Es la soledad en su forma política: la pérdida de esa experiencia compartida con la que las personas ponen a prueba lo real. A Charlatanes le faltó el paso siguiente. Erich Fromm lo aporta: la gente no huye de esa soledad hacia el escepticismo sino hacia la certeza.
Lo que desaparece cuando cierran los equipos de boliche y se vacía la sede sindical no es solo el calor social. Es la comunidad, la red de encuentros repetidos, cara a cara, a través de la cual adquirimos el hábito de contrastar nuestras percepciones con una realidad compartida. La fricción cotidiana de disentir con alguien en quien confías, de equivocarte delante de alguien que lo recordará: eso es precisamente lo que mantiene calibrada tu percepción individual. Elimina esa fricción y perderás el mecanismo por el cual sabes lo que es real.
Ahí entra Arendt, con algo más preciso y más aterrador que la mera soledad. El individuo aislado pierde la capacidad de distinguir entre lo que cree verdadero y lo que es verdadero. La realidad, para ella, no es un hallazgo privado sino una construcción social sostenida por testimonios compartidos. Disuelve la comunidad y verás disolverse lo que pone a prueba tus propias percepciones. Te quedas solo con tus miedos y deseos. Y los miedos y los deseos, sin el ancla de lo compartido, tienden a lo absoluto.
Fromm explica entonces lo que haces después. La respuesta obvia al aislamiento sería buscar comunidad genuina, reconexión auténtica. Pero la comunidad genuina exige que toleres la ambigüedad, la aceptación de la diferencia y la disposición a equivocarte, que son precisamente las capacidades que el aislamiento te entumece.
El desarraigo no te permite soportar la incertidumbre. Y la oferta del charlatán es, en el fondo, una oferta de certeza: no comunidad, sino su simulacro, un grupo que se confirma mutuamente sin fricción, que ha reemplazado la disciplina de una realidad compartida por el consuelo de una convicción compartida. Fromm llamó a esto el miedo a la libertad: la libertad experimentada como terror, una vez removido el andamiaje que la hacía soportable.
El charlatán prospera porque responde a un hambre verdadera. Ofrece explicación total, enemigos cuidadosamente rotulados, agravios certificados, pertenencia restituida.
Lo que parece credulidad se entiende mejor como alivio. Y en algún punto, la víctima acepta el trato porque la mentira confirma lo que ya quería creer.
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Por eso la caída de César Chávez parece más que un ídolo roto. En una investigación publicada el 18 de marzo de 2026, The New York Times recogió denuncias de mujeres que afirman que Chávez, el líder de la Unión de Campesinos (o UFW por el inglés United Farm Workers) abusó sexualmente de ellas cuando eran niñas. Dos de ellas dijeron que fueron agredidas repetidamente en los años setenta, cuando tenían doce y trece años. Y esto ocurrió dentro de la órbita del movimiento campesino. Dolores Huerta, cofundadora de la UFW, declaró que, en los años 60, Chávez la presionó para tener relaciones sexuales. Guardó ese secreto durante casi seis décadas para no dañar el movimiento que había ayudado a construir.
Las denuncias no existían en el vacío. Habían sido susurradas durante años, confrontadas en privado, silenciadas. Esa no es la historia de un secreto bien guardado. Es la historia de un secreto bien administrado.
Administrado por personas que decidieron, juntas y en privado, que su causa valía más que sus niñas. Que el mural importaba más que los cuerpos ocultos detrás de él.
Quienes toman esas decisiones rara vez son villanos de caricatura. Son creyentes. Lo inquietante es su fe.
La fe es algo moralmente serio. Puede levantar sindicatos, iglesias, naciones, familias. Pero también puede ser un ácido que disuelve la obligación de ver lo que tenemos delante.
Aquí el argumento se vuelve incómodo porque ya no se trata de la tribu ajena. Este es el punto ciego en el que Naím y Toro, pese a toda su precisión analítica, no se adentran del todo. Sus charlatanes llevan un rostro reconocible: el caudillo populista, el demagogo de tarima y barricada. Pero el intelectual progresista que relativiza los crímenes de un héroe laboral, la coalición liberal que decidió que la política de un presidente era demasiado importante como para sacrificarla por su conducta, los intelectuales de Londres y París que necesitaban que el Sur Global produjera un redentor y prefirieron no mirar demasiado de cerca lo que ese redentor les hacía a las mujeres que lo rodeaban, esos inocentes cómplices no aparecen en los estudios de caso del libro. Son, en esencia, sus lectores. Pero al no implicarlos, el libro les ofrece, en cierto modo, el mismo consuelo que prometía desmontar.
Nos gustan nuestros redentores intactos. Y nos gustan más todavía cuando su sola presencia nos ahorra el trabajo de examinarnos a nosotros mismos.
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Nada de esto significa que la responsabilidad esté repartida por igual. Un hombre poderoso que explota a mujeres y niñas carga con una culpa de un orden que la audiencia no comparte. Las instituciones que entierran denuncias toman sus propias decisiones. Las víctimas no son incautas, son víctimas. Pero el fraude público solo perdura cuando el apetito privado se lava hasta convertirse en inocencia moral, cuando la admiración se vuelve un permiso para no saber. El charlatán no fabrica nuestra credulidad de cero. La encuentra esperándolo, vestida de lealtad, de sofisticación o de necesidad histórica.
Por eso unas instituciones más fuertes, un mejor periodismo y una vida cívica más comprometida son necesarios, pero no suficientes. El andamiaje público importa. Pero una parte de la infraestructura que sostiene al charlatán está dentro de nosotros. Se trata de esa pequeña aduana del alma que deja pasar sin revisar las historias que nos halagan, mientras a las verdades difíciles se las obliga a abrir el equipaje.
Una de las mujeres que señaló a Chávez condensó el asunto en una frase que debería acompañar a todo ídolo público: “César Chávez no es más que un hombre.”
Tenía diecinueve años cuando lo dijo. Le costó el trabajo.
La frase importa no porque sea cínica, sino porque limpia. Equilibra la balanza. Nos recuerda que ninguna causa se purifica por ser fiel a un solo cuerpo, y que ningún cuerpo se vuelve sagrado por ser útil para la historia.
Ahí comienza la honestidad y es cuando pasa factura. ¿De qué sirve descubrir la estafa cuando el dinero ya desapareció y la carpa del circo ha sido desmontada? ¿De qué sirve denunciar a los charlatanes del otro bando si protegemos a los del nuestro? La tarea es más difícil y más cercana: construir, en privado y en público, el hábito de preguntarnos qué nos están vendiendo cada vez que aparece una figura encarnando todo lo que quisiéramos que fuera verdad.
Los charlatanes son arquitectos del consentimiento. Pero los planos son nuestros. Y el proyecto lo firmamos nosotros.



