En el andén del metro sostengo el teléfono y mi pulgar deja una marca traslúcida de grasa en el cristal. En la pantalla aparece un anuncio que tiene más de un año. Una joven baila risueña en su cuarto y retoca sus fotos hasta convertirlas en dibujos animados. En las noticias de última hora, un hongo nuclear consume Florida. Ella no se alarma ni busca refugio: revisa en su móvil las reacciones en redes sociales. Los usuarios transforman la explosión en un hongo comestible, en goma dulce o en un malvavisco sonriente de vivos colores. El peligro se siente más cerca cuando la radiación ilumina su ventana, pero ella, inmutable, come ratas asadas como si fueran algodón de azúcar. Al final, sobre fondo negro, tres palabras en letras blancas: “Reality is optional”.
Pika Labs, la empresa que concibió la pieza, vende una aplicación de inteligencia artificial para crear videos. El anuncio no dice que la bomba no vaya a estallar, ni que el porvenir sea más benigno de lo que pronostican los heraldos del desastre. Su promesa es más modesta y mucho más lucrativa: ya no hará falta mirar las cosas tal como son.
Este mes, un investigador renunció a Anthropic con la advertencia de que quienes construyen estos sistemas “creen sinceramente que la inteligencia artificial podría matarnos a todos antes de que termine la década”. En febrero, otro se había ido de la misma empresa asegurando que el mundo estaba en peligro. NPR, PBS y el Washington Post reprodujeron las advertencias. Los dueños de esas compañías están de acuerdo con el pronóstico y, al mismo tiempo, se preparan para su salida a bolsa con valoraciones de cientos de miles de millones de dólares. Nadie ve contradicción. El pánico, en lugar de espantar inversionistas y abaratar el negocio, lo cotiza.
Es un operación en pinza: un movimiento desde arriba muerde a las élites ilustradas. A los comités parlamentarios y a los lectores de ensayos respetables se les administra una teología del juicio final. Se les invita a contemplar escenarios como el de un algoritmo al que se le pide resolver un problema matemático. Pronto, este resuelve que la humanidad es un estorbo para su objetivo. Así que sintetiza un patógeno simulando billones de moléculas, contrata laboratorios clandestinos y recluta mensajeros por TaskRabbit para diseminarlo en estaciones de tren. Rogé Karma, en las páginas de The Atlantic, detalla estos laberintos y termina reconociendo que le resultan poco probables. El espectáculo son los escenarios del artículo y la duda es una nota al pie. Incluso cuando el análisis intenta aterrizar en riesgos más mundanos, digamos el asalto a la banca, el control de los drones, el colapso de la red eléctrica, la mirada sigue secuestrada por la máquina. Nadie se asoma a la calle.
MONEDA
La realidad es opcional. La factura, no.
El otro movimiento de la pinza muerde abajo: le entrega malvaviscos al ciudadano común. El filtro digital ofrece el derecho a no mirar lo feo, transformando la realidad en entretenimiento.
En la mordida queda un hueco. Es la planta baja del edificio público, donde ocurre la política. Allí se escenifica un drama que Anne Applebaum ha bautizado como el imperio del fraude.
No hace falta imaginar una conspiración de magnates reunidos a medianoche. Basta con que dos negocios prosperen al unísono: el terror existencial vende suscripciones y el juguete visual acapara clics. La nueva política exterior de la codicia, el verdadero peligro de nuestro tiempo, no viste la armadura de metal de un autómata rebelde, sino el traje a medida de una oligarquía transnacional de carne y hueso. Mientras el debate público se pierde en especulaciones sobre cómo la máquina podría rebelarse contra sus creadores, magnates tecnológicos, intermediarios informales y regímenes cleptocráticos desmantelan los contrapesos del Estado democrático, privatizan la diplomacia y transforman las decisiones de seguridad nacional en transacciones patrimoniales privadas.
Pienso en una foto tomada al margen de la Asamblea de la ONU en Nueva York: el presidente Donald Trump posa con el pulgar en alto y, a su lado, la encargada interina del régimen en Venezuela, Delcy Rodríguez, hace la V de la victoria. Ocho meses antes la había amenazado con un destino peor que el de Nicolás Maduro. Pero ella entregó todo lo que Trump pidió para tutelar la renta energética del país: reformó la ley de hidrocarburos, adjudicó diecisiete campos petroleros a una empresa privada en la que el Pentágono tiene el 35 por ciento y cuyo dueño venezolano, Alejandro Betancourt, se enriqueció con contratos del chavismo y ha sido investigado por lavado de dinero. Ahora opera libremente en Londres, Madrid y Estados Unidos. La fotografía se toma a seis kilómetros de Wall Street y a once de la celda donde espera Maduro.
MONEDA
El fin del mundo y las elecciones en Venezuela comparten una certeza: van a ocurrir. Y una fecha: un día de estos.
Esa misma semana, María Corina Machado intentó regresar a Caracas tres veces. Primero le impidieron abordar el avión en Panamá. Luego su vuelo acabó desviado a territorio estadounidense. No la retuvo el régimen sino el mismo gobierno que sacó a Maduro y se quedó con todo lo demás. Hay petróleo y hay una foto. Dos dirigentes que ningún venezolano eligió deciden el destino de una nación, mientras la única persona que exige elecciones permanece en el limbo, en una sala de espera.
Alexis de Tocqueville anticipó la llegada de un poder “inmenso y tutelar” que garantizaría los goces materiales de los ciudadanos a cambio de arrebatarles “la dificultad de pensar y el trabajo de vivir”. Tocqueville erró al atribuir esa tutela al Estado. El Estado es prescindible cuando la servidumbre cabe en el bolsillo y uno la descarga voluntariamente (la tengo instalada en mi teléfono, la uso en el andén y siempre que no quiero pensar).
La doctrina de que la realidad es opcional presta el mismo servicio a quienes temen la extinción de mañana que a quienes editan el paisaje de hoy: exime a ambos de mirar el presente. Si el fin de los tiempos es una certeza matemática a la vuelta de la esquina, el expolio de los bienes públicos es una noticia de ayer. Un entretenimiento más. Menos divertido.
Llegó el tren. Guardé el teléfono. La marca del pulgar seguía sobre el muñeco, que seguía sonriendo. La froté contra la manga de la camisa.




