El ciudadano de ninguna parte y de todos lados
Bad Bunny, el Super Bowl y las frágiles fronteras del alma americana
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En la canícula de un agosto en San Juan, Benito Antonio Martínez Ocasio pisó un escenario coronado por un gorro de piel de oveja. Era un rey de invierno en un horno tropical. Fue un pequeño acto de desobediencia estética, la estampa de un hombre vestido para un clima que aún no había llegado (y que ojalá nunca llegue a Puerto Rico).
Para quienes conocen la leyenda, el nombre “Bad Bunny” surgió de una vieja foto infantil: un niño con el gesto torcido, obligado a posar disfrazado de conejo. Desde entonces, Benito no ha hecho otra cosa que ensayar la rebeldía. Es esa vieja táctica de supervivencia que muchos conocemos: convertir el disfraz que te imponen en una armadura, hasta que resulta imposible distinguir dónde termina el fieltro y dónde empieza la piel. ¿Cuántas veces no he fingido yo haber elegido mi propio disfraz?
Esta noche, en el Levi’s Stadium de Santa Clara, ese clima por fin cambia.
Para los cadeneros, los aduaneros de la cultura—esos ansiosos notarios del alma americana—, esta presencia es “política”, una mancha que se borra con el sobrevuelo de la fuerza aérea y un rezo. Pero se equivocan: confunden los signos del cambio climático con un simple cambio en el pronóstico del clima.
Madurar es, a fin de cuentas, el triste proceso de olvidar en qué momento exacto el disfraz se nos pegó a la piel.
Cuando Debí Tirar Más Fotos conquistó el Grammy al Álbum del Año en 2026 —la primera obra completamente en español en lograrlo—, la institución no estaba “abrazando la música del mundo”. Estaba aceptando lo obvio: la metrópoli imperial, por fin, admitía que las provincias habían dejado de pedir permiso para hablar.
Para los clasicistas que siguen estas columnas, esta es una historia típicamente romana. Cicerón entendía que la República era un oficio ético compartido, pero sabía también que cuando cambia el latín del Foro, cambia la definición de quién es “persona”. Durante un siglo, las instituciones culturales dominantes en Estados Unidos han tratado el español como la habitación de invitados de la casa nacional: una cortesía, un lujo “extranjero”. Pero 19 mil 800 millones de streams en 2025 no son una lista de invitados; son un título de propiedad.
La ironía suprema es que Benito no es extranjero. Los puertorriqueños son ciudadanos desde 1917: estadounidenses por ley, pero perpetuamente “subtitulados” por la cultura. Cuando se plantó en los Grammys y dijo “Somos humanos y somos americanos”, incluso le ofreció al país una salida de emergencia: si peleamos, dijo, que sea con amor —ese amor lo bastante fuerte para mantener la posición sin convertirse en aquello que odia—. Bad Bunny no leía un memorando político. Él estaba lanzando un Civis Romanus sum moderno. Nos recordaba que la República fracasa en el instante en que confunde el idioma inglés con la virtud cívica.
El patriotismo es un acto de fe compartida, no un formato de audio ni una lista de reproducción en inglés.
Como un reloj, la reacción llegó con la violencia sorda de un accidente de tráfico. Se montó el contraataque del “All-American Show”, un refugio para quienes creen que el patriotismo es un formato de audio. A través de Kid Rock, lo vendieron como “David contra Goliat”, una postura que delata un miedo frenético: la sospecha de que la alegría, especialmente la alegría en español, sea una forma de conquista. Ellos libran una guerra cultural; Benito simplemente está revelando un censo.
Miren el campo de juego. La NFL no se ha vuelto “woke” ni “progresista”; se ha ido adonde late la sangre. Mientras los tertulianos discuten las letras, los scouts se obsesionan con Fernando Mendoza, el quarterback de Indiana proyectado como número uno del draft. Pongan las dos imágenes lado a lado: Mendoza bajo el centro, Benito bajo los focos. La “Nueva América” ya no visita el estadio. La Nueva América es el estadio. Es la pizarra del draft, la lista de reproducción y el latido.
¿La maquinaria comercializa esta rebelión? Siempre. El sistema digiere cualquier cosa que haga sentir viva a la multitud. Pero la máquina tiene un límite: no puede monetizar la desaparición de un pueblo. Cuando el español inunda el ritual más televisado de la vida americana, aquellos a quienes se les exigió durante generaciones que “suavizaran” sus nombres se vuelven, de pronto, irreductibles.
Cerrar los ojos ante la realidad no borra el paisaje; solo te convierte en un ciego voluntario en tu propia casa.
La primera residencia musical de Bad Bunny en San Juan llevaba por título No me quiero ir de aquí. Ese “aquí” ya no es solo una isla. Es el espacio disputado de la propia identidad americana. Para cierta derecha, esto funciona como una suerte de test de Rorschach. Aquellos que se ven a sí mismos como la “verdadera América” dirán: “Vimos el partido, pero apagamos la tele durante los 12 minutos del descanso”.
Paradójicamente, cometen el acto más antiamericano posible: negarse a ver y aceptar a quienes lucen y suenan diferente. Denegándoles la entrada a su Estados Unidos imaginario, se quedan afuera del real. Estas personas, en su mayoría cristianos evangélicos, se negaron a mirar a los ojos al vecino y reconocer que, bajo el sol de California, su sombra mide exactamente lo mismo que la tuya. Han olvidado el principio cristiano central que Bad Bunny elevó en el intermedio: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”.
Estamos llamados a ejercer el arte democrático más difícil: tratar el lenguaje no como un test de lealtad, sino como una realidad. Ensanchar el círculo sin endurecer el corazón.
El Super Bowl es un espejo. Anoche, reflejó a un país que ya no puede fingir que su propia voz es “ruido”. El estadio está en California. La música es caribeña. El argumento es romano. Durante doce minutos, el centro del mundo estuvo exactamente donde Benito decidió poner los pies.




