¿Disléxico yo?
Cada tanto me toca revivir el terror a ser el tonto de la clase, a ser desenmascarado catastróficamente, especialmente cuando he tenido que concursar por un trabajo o iniciar un nuevo proyecto.
(Este artículo lo publiqué originalmente un 18 de junio de 2018, en mi blog personal y en Medium. Lo he rescatado del archivo para crear mi propio benchmark y entender mejor cómo mi proceso de escritura y mi relación con el lenguaje y el oficio de escritor han cambiado con los años para llegar a Cicero)
La maestra de primaria revisaba los cuadernos con una expresión que ya era un veredicto. Cuando llegaba al mío, su cara con olor a tiza se cerraba. “De nuevo, no entregó la tarea, Santodomingo”. “Sí la hice, maestra, ¡mire.” “No mienta, Santodomingo. Eso no lo hizo usted, esta parte la escribió su mamá y esta otra una cucaracha.”
Una cucaracha. Durante años cargué esa frase como se carga un diagnóstico sin nombre. Mi escritura tenía dos ritmos: uno lento y cuidadoso, tanto en la escogencia de las palabras como en la caligrafía, y otro desbocado, inspirado, con errores no ortográficos sino jeroglíficos.
Mi ortografía era motivo de burla, mi letra un escándalo, y yo era además torpe y, la mayoría de las veces andaba distraído — “en las nubes”, suficiente para ser clasificado como un absoluto desastre. Si hacía algo bien, no lo había hecho yo; alguien debió hacerlo por mí. Así que desde los seis años aprendí a disimular que leer me costaba. Memorizaba hasta la ortografía y ensayaba lo que tenía que decir. No lo hacía bien al principio, pero de tanto enmascararlo, aprendí a hacerlo de verdad.
Quizás era un poco más lento que el promedio. Con el tiempo aprendí a pasar de lector normal a uno apasionado, luego, al dominar técnicas de oratoria. Llevé ese secreto toda la infancia: el de saberme un fraude lingüístico en una casa donde los libros eran venerados. Mi padre y mi madre trataban la literatura y el estudio con una seriedad que no se declaraba — simplemente estaba ahí, en la biblioteca de pared a pared, en los libros que aparecían en cada rincón del apartamento pequeño. Para mí, las palabras no eran solo un instrumento escolar. Eran la condición de pertenencia a mi propia familia.
Tuve entonces una comprensión temprana de lo que hoy se llama, con menos gracia, personal branding. Mi estrategia tenía tres movimientos. Primero: prepararme el doble, hacer la tarea con anticipación (aunque, adicto a la adrenalina, siempre dejaba algunos detalles difíciles para el final), leer dos veces las páginas del día siguiente si era necesario y repetir en voz alta. Segundo: llevar libros de mi padre, de esos con palabras complicadas, aprenderlas y usarlas con la maestra en el momento justo. Tercero: cargar en el bulto algún volumen con nombre de autor ruso o alemán — no por pretensión, sino como escudo.
El problema con los escudos es que a veces obligan a uno a ser lo que finge. Varios de esos libros me atraparon. No podía parar en las pocas páginas que el disfraz requería. Eso trajo una consecuencia mala y una buena. La mala: pasaba por presumido y no tenía muchos amigos. La buena: encontré en esos libros una compañía que no se impacientaba con mi lentitud.
Así sobreviví la primaria. En el bachillerato ya intuía que si no por inteligente, sí por afanado podría llegar lejos.
Hace poco, un amigo encontró en YouTube un video de uno de los momentos más vergonzosos de mi vida. Tenía dieciséis años y había sido seleccionado por unanimidad para participar en un programa de televisión como “el genio” del colegio en un programa de televisión con audiencia nacional. Era la cúspide de todo mi esfuerzo por disimular. También era el riesgo más alto de ser descubierto. Y así ocurrió.
Puede que tuviera información, pero mi velocidad de respuesta nunca podría competir con el apremio de la televisión. El universo conspiró, además, con preguntas de deportes. Para mí, el voleibol era un juego de niñas, el básquet era para gente a la que le estiraban las extremidades, y el béisbol era una pelota invisible que, en mi experiencia, podría causar mucho dolor. Con el fútbol me sentía algo mejor porque corría rápido — además, una práctica o un partido regular representaba para mí la oportunidad de una buena hora de lectura ininterrumpida en la banca.
Al estrellato le siguieron días de confinamiento solitario. Evitaba a los que no me evitaban, quedándome encerrado en casa o atrincherado en la biblioteca a la hora del receso. Semanas después, presenté el examen nacional de admisión universitaria. El día anterior no salí de la biblioteca, escondido en horas de clase para hacer pruebas de práctica. Hasta que me encontró allí el profesor de física, que me echó con una reprimenda.
Ese año fui uno de los tres estudiantes con el puntaje más alto del país. Al día siguiente, el profesor felicitó públicamente a quienes obtuvieron los mejores resultados en matemáticas y en lenguaje. Yo no estaba entre ellos porque, aunque el mío era el puntaje más alto en el país y en la escuela, era un resultado total, estaba equilibrado entre el lenguaje y las matemáticas. “Otros creen que son unos cráneos, pero lo que hacen es aprenderse las preguntas de memoria,” dijo el profesor Noel, para que no cupiera duda.
Sabía que estaba equivocado. Pero ante mis compañeros había sido desenmascarado de todas formas. Mi debut televisivo y mi celo ante la prueba de aptitud me habían expuesto como un fake — que es, curiosamente, la misma acusación con la que empezó todo.
Poco después fui admitido en la universidad para estudiar periodismo. Pensé que mi oscuro pasado sería eso: pasado. Lo que se abría no era un mundo para demostrar quién no era, sino uno para cultivar, sin complejos, mi apetito por las palabras.
Fue entonces cuando, por primera vez, una especialista me practicó una batería de pruebas cognitivas. La psicóloga me preguntó: “¿Por qué quieres ser periodista o escritor? Siendo disléxico, ¿no crees que podrías explorar otras áreas donde puedas tener éxito y ser más feliz?”
¿Disléxico yo? Le pedí que elaborara. Que me explicara qué significaba eso y cómo se curaba.
El diagnóstico me permitió entenderme mejor. Pero dado que no había ningún trato especial para disléxicos en la universidad ni en la vida (todo lo contrario) preferí mantenerlo en secreto. Y la argumentación de la psicóloga, fuera la que fuera, no me disuadió. Ya yo había decidido lo que quería ser.
Aquí está el pivot que la historia no dice pero contiene: el niño que esconde su dislexia detrás de Dostoievski en un apartamento de Caracas, que más tarde decide que escribirá en un idioma que no es el suyo, está haciendo dos veces el mismo movimiento. El lenguaje como territorio que no le pertenece por derecho sino por conquista. La identidad como algo que se porta con esfuerzo, no con naturalidad. El exilio (del propio idioma, del propio país) comienza antes de que uno sepa que está exiliado.
A aquel niño (así como al adulto) cada tanto le toca revivir el terror a ser el tonto de la clase, a ser desenmascarado. Especialmente cuando ha tenido que concursar por un trabajo o iniciar un proyecto nuevo en los que, inevitablemente, su habilidad con las palabras sería esencial. Hoy intuye que su inteligencia no es mayor ni menor al promedio (solo funciono un tanto diferente). Pero ha sido agotador mantener ese secreto. Era una vergüenza, sobre todo frente a su familia. Lo supo muy poca gente a lo largo de su vida.
Hoy no le da tanta pena. El mundo tiende a ser más tolerante ante el amplio espectro de la vida humana, y hay más información sobre los distintos tipos y grados de dislexia. Para algunos es incluso motivo de orgullo confesar la vulnerabilidad (sobre todo cuando ya no se tiene nada que probar). Pero sigue siendo terreno resbaloso. No solo por escribirlo, sino por abrazar la transparencia ante la propia discapacidad, sobre todo si es posible pasar desapercibido.
Todavía lee lento. Escribe con esfuerzo (un esfuerzo que en parte sobrellevo con apoyo del corrector de Word1). No he cambiado de propósito.
Amo las palabras, enredarme y desenredarme de ellas. Seré un escritor, así en mi vida solo tenga unos pocos verdaderos amigos.
Hoy mi muleta imprescindible es Grammarly.




