307 mil millones de años
Un inventario de lo que estamos perdiendo, y la gramática de la pérdida
A Charles Brewer Carías
En el bosque nuboso del Parque Nacional El Cusuco, en la Sierra del Merendón al noroeste de Honduras, hay una maravilla que crece hasta los doce metros de altura, un árbol pariente del sándalo, cuya corteza tiene el aroma de las rosas y al que los lugareños llaman guayabillo. En 2010 fue catalogado científicamente como Hondurodendron urceolatum, el árbol de Honduras. Sus poblaciones, escasas, se aferran a una sola cadena montañosa. El árbol es dioico —flores masculinas y femeninas en individuos separados—, lo que significa que para que la especie continúe, dos de ellos tienen que encontrarse en un bosque que se va achicando a su alrededor. Desde la semana pasada, el Hondurodendron encabeza la lista EDGE de angiospermas publicada en Science: la planta con flor más evolutivamente distintiva y globalmente amenazada del planeta.
La lista, obra de Félix Forest y un equipo de los Jardines Botánicos de Kew, cataloga 9.945 especies. Para estar en ella, una planta tiene que cargar sobre su tronco una porción desproporcionada del árbol de la vida: ser el último representante, o uno de los pocos, de un linaje que se ramificó hace tanto tiempo que su pérdida es irreparable. La lista no es un memorial. Se parece más al manifiesto de un barco.
La cifra que viene con la lista me resulta más difícil de sostener. El equipo de Forest estima que el 21,2% de la historia evolutiva contenida en las plantas con flor del mundo está en riesgo de extinción. Esa historia, sumada a través de cada rama del árbol de las angiospermas, totaliza 1,45 billones de años. La porción amenazada asciende a 307 mil millones de años. No alcanzo a imaginar esas cifras. ¿Cómo puede alguien sostener tal desproporción?
Una vida humana acumula unos treinta mil días. Perder tres —el momento en que conociste a ese amigo, aquella tarde con tu amante que debió ser memorable, el día en que tu hijo dijo tu nombre por primera vez— es un accidente, la erosión común de estar vivo. La demencia es otra cosa. La demencia es la sentencia a la oscuridad del olvido eterno: no la pérdida de un recuerdo, sino la pérdida del que podría haber recordado. El archivo y el archivista, borrados a la vez. Mi amigo, el explorador Charles Brewer Carías1, me llevó hasta el fondo de la selva amazónica y supo nombrar cada planta y cada animal con que nos cruzamos en nuestras expediciones. Cuando él se vaya, la mayoría de esos nombres se irán con él. La extinción es demencia a la escala del planeta. La montaña en Honduras sigue ahí. Lo que se va es lo único que sabía cómo ser Hondurodendron y, con ello, los cuatro mil millones de años de ensayo en los que aprendió a ser Hondurodendron, un guayabillo, y nada más.
Rachel Carson vio esta contabilidad en el libro mayor natural hace sesenta y cuatro años, en Primavera silenciosa. Su obra hizo su trabajo: se prohibió el DDT, se escribieron regulaciones, nació un movimiento. Y no paramos de gastar. La cuenta no se ha cerrado. Sólo se ha vuelto más detallada.

Aquí está la parte que me sorprendió. Un segundo trabajo, en el mismo número de Science, de Junna Wang y colegas en UC Davis, modeló los rangos futuros de 67.664 especies de plantas bajo las condiciones de cambio climático. Esperaban encontrar que la extinción sería impulsada por la "limitación de dispersión". Algo equivalente a un muro fronterizo o a una prohibición de viaje, pero que incapacite a las plantas para migrar con suficiente rapidez desde una tierra hostil y alcanzar un hábitat adecuado. Esa ha sido la suposición durante décadas. Resulta estar equivocada. Entre el 70% y el 80% de las extinciones proyectadas no se deben a que las plantas se muevan demasiado despacio, sino a que el hábitat mismo desaparece. Los lugares no se alejan de las plantas. Los lugares se esfuman. Como un migrante que llega a la tierra de las oportunidades y encuentra la promesa de igualdad y prosperidad rescindida, el santuario ya no existe.
Es una forma distinta de pérdida que la que habíamos imaginado. Las plantas no están perdiendo una carrera: la pista se está demoliendo bajo sus pies.
El instinto correcto es proteger los bienes comunes del planeta. ¿Pero qué funciona? En el Grand Bassin de Mauricio, un lago en el cráter de un volcán cuya sacralización comenzó en el siglo XIX con el sueño de un sacerdote hindú. El mito se profundizó en 1972 cuando unos políticos vertieron en él una botella de agua del Ganges, y hoy lo custodia una estatua de Shiva de treinta metros. Allí, la población de peces ha permanecido intacta mientras el resto de las pesquerías de la isla ha colapsado. El antropólogo Dimitris Xygalatas escribe también sobre el subak balinés, el sistema de riego coordinado por templos que sostuvo el cultivo de arroz durante mil años hasta que un programa de modernización casi lo destruyó en dos décadas y tuvo que ser reinstalado. El patrón se repite entre culturas. Los bienes comunes que los humanos han protegido con éxito son los que han tratado como sagrados. Todo lo demás ha sido catalogado.
No digo que debamos sacralizar el bosque nuboso de El Cusuco. Ni la vida ni lo divino funcionan así. Uno no puede decidir encontrar algo sagrado. La palabra nombra una relación, no una política. Lo que noto se parece más a un diagnóstico: el vocabulario técnico de la conservación (evolutivamente distintivo, globalmente amenazado, diversidad filogenética en riesgo) es el vocabulario de una cultura que ya decidió qué va a perder. La lista no es el rescate, es el recibo.
Hay un silencio particular en el trabajo de Forest que me hace volver a él. Entre las 9.945 especies, 4.076 son especies candidatas a la lista EDGE. Son plantas cuyo riesgo de extinción aún no ha sido evaluado formalmente, pero que previsiblemente están amenazadas. Están en la lista porque sus parientes cercanos están muriendo, y porque el algoritmo supone (correctamente, hasta donde se puede saber) que también las estamos perdiendo, antes de saber exactamente lo que tenemos. El catálogo está incompleto en la dirección de una pérdida mayor.
Un recibo registra lo que se pagó. Si el pago fue compra o despojo es una distinción que pueden hacer los lectores, y sólo mientras el libro de cuentas siga abierto.
El Hondurodendron fue nombrado hace dieciséis años por Daniel Nickrent y sus colegas. Con toda probabilidad, él será testigo de cómo el género que descubrió se extingue. La montaña donde crece el guayabillo no se ha movido. Lo que se va es el bosque que convierte la montaña en un lugar donde este árbol puede prosperar, y el árbol que supo, a lo largo de cuatro mil millones de años de ensayo paciente, cómo estar vivo ahí.
La lista es un registro. Y un registro, sin nadie que lo lea, es sólo una forma más oscura del olvido.
Charles es un atleta de 87 años, célebre explorador y naturalista, considerado por algunos el Humboldt del siglo XX. Me llevó en una expedición científica que condujo a uno de sus mayores descubrimientos: la cueva de cuarcita más grande del mundo, un gigante oculto en la cima del tepuy Chimantá. Decenas de especies de plantas y animales llevan su nombre.



307 mil millones de años … Wao
Qué contundencia la de tu analogía: la extinción como la demencia del planeta. Es exactamente eso. No estamos perdiendo una pieza de museo; estamos perdiendo al testigo, al que sabía la historia, al que guardaba en su savia el secreto de cuatro mil millones de años de ensayos y errores. Como bien dices, cuando hombres como Charles Brewer Carías dejen de nombrar el mundo, nos quedaremos en una penumbra terrible, huérfanos de palabras y de raíces . Que detengo en su doce metros buscando en el merendon a su par . Doloroso la naturaleza no solo está perdiendo sus hojas , está perdiendo su biología . Que decirte ! Excelente escrito , gracias por Por recordarnos que, mientras alguien sepa nombrar la belleza, la extinción aunque sea por un instante ,encuentra una tregua en la página escrita